Por Patricia Lizarraga y Jorge Pereira Filho

La crisis es la nueva normalidad. Desde los incendios en el Amazonas o en Argentina, bajantes históricas de los ríos o sequías inusuales, el aumento descontrolado de sectores que no pueden acceder a alimentos, protestas de agricultores y agricultoras en toda la región, resulta imposible seguir desviando la mirada de los estragos que han causado siglos de colonización y capitalismo para la tierra, las personas y la biodiversidad. Nos encontramos ante varias crisis, de naturaleza económica, sanitaria y climática, todas ellas interconectadas, con una intensidad prolongada y un alcance global.

Y es en un contexto de profunda crisis en el que iniciamos la escritura del Atlas de los Sistemas Alimentarios del Cono Sur. En el año en que el Covid-19 asoló el mundo, 118 millones de personas pasaron a convivir con el hambre aguda. Si fuese un país, ese contingente de hambrientos y hambrientas sería el 12° más poblado del planeta, con más gente que Egipto, Alemania o Reino Unido. Esos números, presentados por la Organización Mundial de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés), en su informe divulgado en el año 2021, dan un panorama de la inmensa calamidad en la que vivimos.

Una realidad que solo empeoró aún más con los efectos de la guerra en Europa. Sin embargo, sería un error considerar que los orígenes del problema están relacionados exclusivamente a estas crisis coyunturales. Afirmamos esto porque la cantidad total estimada de personas con hambre en el mundo es mucho mayor: 811 millones. Sería el tercer país más poblado del planeta. El aumento del número de hambrientos, en el año en que el Covid se diseminó por el mundo, fue de 17 por ciento.